¿Qué hacer cuando me siento lejos de Dios?

Esta es una pregunta que cada creyente afrontará en su caminar cristiano. La cuestión no es si alguna vez pasaremos momentos en donde Dios se sienta lejos, sino, ¿Qué haremos cuando esto ocurra, cuando no sintamos al Señor cerca nuestro?

La verdad es que cada cristiano pasará momentos en donde Dios parecerá estar lejos, en donde parece que somos nosotros mismos los que llevamos nuestras cargas, en donde parece que hemos sido abandonados en pastos no verdes, sino áridos y rocosos.

Nuestro buen Pastor no parece estar en la escena y nos sentimos solos, perdidos, y sin defensa en contra de cualquier lobo y malhechor que venga a atacarnos. 

Desde un punto de vista cognitivo, sabemos que Dios no nos ha abandonado, sabemos que Él prometió nunca dejar solos a sus hijos y entendemos con claridad esos pasajes que, describen el amor que Dios nos tiene.

Sin embargo, muchas veces la pregunta no es si entendemos lo que la Biblia nos enseña, sino, ¿Le creemos realmente a Dios cuando dijo que nunca nos abandonaría?

A continuación, veremos algunos puntos/preguntas reflexivas que podrían ser de ayuda para nosotros, especialmente en esos momentos donde Dios parece estar distante.

Muchas veces es fácil asumir que Dios es quien se ha alejado. Para aquellos que han atravesado periodos de lo que parece ser silencio por parte de Dios la pregunta más común que suele surgir es;

Dios, ¿porque te siento tan lejos de mí?

Esta pregunta es digna de meditación. No es una que surge de la noche a la mañana, más bien, es una pregunta que surge después de haber atravesado cierta cantidad de tiempo donde Dios parece haberse ido de nuestras vidas.

Él se siente tan lejos que cuando queremos recordar ya está demasiado lejos para poder alcanzarlo. Sin embargo, muchas veces esa no es la pregunta correcta. No quiero minimizar que alguien puede verdaderamente llegar a sentir, la lejanía de Dios, pero quizás (y sin saberlo) podemos llegar a esta conclusión sin haber analizado otras posibilidades.

Dentro de estas posibilidades quizás surja otra pregunta, ¿Acaso es Dios quien está lejos, o soy yo?

De igual manera esta también es una pregunta digna de meditación. Tal como mencione previamente, esta tampoco es una pregunta que uno se hace sin antes haber experimentado un alejamiento de Dios en el día a día.

El sentir la ausencia de Dios es algo progresivo, con el tiempo el Señor parece haberse alejado de nuestros problemas, nuestro entorno, desafíos y luchas, o por lo menos así parece.

Hay una frase que siempre que la escucho conmueve mi corazón, “Hijo de Dios, le costaste demasiado a Cristo para que Él te olvide.”

Estas palabras salieron de quien fue conocido como el Príncipe de los predicadores, Charles Spurgeon.
Spurgeon no solo fue el príncipe de predicadores, también fue esclavo de dolores.

Él supo lo que fue la popularidad y predicarles a miles, pero también supo lo que fue estar solo y alejado de todos. Si hay alguien calificado para hablar de dolores era Spurgeon.

Él Vivió con un gran dolor físico durante gran parte de su vida, contrajo viruela, sufrió de gota, reumatismo y la enfermedad de Bright (inflamación de los riñones). Su salud empeoró progresivamente, de modo que casi un tercio de sus últimos veintidós años de vida los pasó alejado del púlpito. Estas dificultades físicas le causaron un gran desgaste emocional.

Las aflicciones no solo lo afectaron a él, sino también a su esposa Susana, quien estuvo postrada en cama durante décadas, algo que afecto grandemente a Spurgeon.

Y por si no era poco, él también sufría de una depresión severa que en ocasiones lo mantenía encerrado solo en su habitación por días. 

Es este mismo hombre que a pesar del dolor, reconoció que Dios nunca se alejó de él.

El Señor seguía acompañándolo; en el sufrimiento cuando nadie lo veía o en el púlpito cuando era la atención principal de las masas. Había algo clave que ayudaba a anclar a Spurgeon en momentos donde podría parecer que Dios estaba lejos.

El reconoció que si Dios lo amo tanto, al punto de entregar a su propio Hijo por él, también lo amaría lo suficiente para acompañarlo en medio de las tribulaciones.

Las buenas noticias para nosotros es que Spurgeon no fue la excepción, esta promesa está al alcance de todo creyente. Cada persona que ha reconocido a Cristo como Señor ha sido adoptado a la familia de Dios, donde Cristo mismo prometió que nunca serian echados fuera (Juan 6:37).

En medio de los problemas y desafíos, es fácil pensar que Dios esta lejos, sin embargo, nuestra percepción no remueve a Dios de Su trono, Él sigue estando donde siempre estuvo, reinando sobre la vida de Sus hijos. 

La realidad es que hemos sido nosotros y no Dios quien se ha alejado. Hemos puesto a un lado sus promesas y Su palabra, para poner en su lugar nuestros desafíos y problemas. Poco a poco nos fuimos alejando de Él, dejamos de creerle y de confiar en Su voluntad.

Pero si somos honestos, claramente lo hemos visto obrar en el pasado.

No importa cuál sea la pregunta; ¿Dios se alejó, o yo me aleje? La respuesta es la misma, Dios no se alejó, El sigue reinando para Su gloria y para el bien de Sus hijos (Rom. 8:28).

Quizás ahora el desafío es poder llegar a sentir la cercanía de Dios otra vez. La manera más eficaz en sentir lo cerca que Él esta es pasando tiempo con El.

Es aquí donde la teoría se convierte en la práctica.


Ya que entendemos que Dios está cerca y que nunca nos abandonará, debemos dedicarnos a pasar tiempo en su presencia. Quizás el ejemplo más vivido que se suele usar para describir esta comunión es la de un muchacho interesado en una chica.

El muchacho al estar interesado de ella buscará pasar tiempo juntos, se interesará por conocerla, aprender sus gustos, escuchar sus canciones favoritas… todo con el propósito de llegar a conquistarla.

Esto significa que cuando buscamos a Dios y nos acercamos a Él no lo hacemos para conquistarlo, o para que nos acepte. En Cristo, Dios nos ha aceptado por completo, no existe nada más que podamos hacer para que Él nos quiera o acepte más.


Es de vital importancia que recordemos nuestra posición delante de Dios, esta es la única manera en que verdaderamente podremos disfrutar de pasar tiempo en Su presencia sin que esto se convierta en un peso.

El apóstol Pablo era experto en recordarle a sus lectores, quienes ya eran de Cristo, cuál era su posición.

En su carta a los Colosenses Pablo se enfoca en instruir a estos creyentes en base a su posición espiritual.

En 4 capitulo él les dice como deben vivir, pero no lo hace dándoles órdenes de “haz esto, haz lo otro porque yo te mando” no, al contrario, Pablo les da instrucciones después de haberle recordado quienes eran en Cristo.

Los primeros dos capítulos de esta carta se caracterizan en recordarles que ellos habían sido aceptados en Jesús, ellos habían sido librados del pecado y trasladados al reino del Hijo amado (Col. 1:13). Ellos habían sido reconciliados con Dios en Cristo (Col. 1:21), ya estaban completos en Él (Col. 2:10), habían sido sepultados y resucitados con Él (Col. 2:12). Aun estando muertos habían recibido vida y perdón en Cristo (Col. 2:13).

Pablo les hace saber que en Jesús ya estaban completos. No había más que hacer, su trabajo ahora consistía en vivir una vida dedicada al Señor, honrándolo en cada acción.

Pero la iglesia en Colosa no era la única, todas estas implicaciones también se atribuyen a cada persona que ha venido a conocer a Cristo como su Salvador.

Es cuando entendemos nuestra posición que verdaderamente podemos acercarnos a Dios con un corazón puro, no buscando ser aceptados ni amados más por Él, sino porque ya hemos sido aceptados nos postramos ante Él, y lo hacemos con todo lo que somos y todo lo que tenemos (también incluye mi tiempo).

Como creyentes debemos pasar tiempo con Dios y debemos dedicar tiempo especifico a la oración.

Esta será nuestro ancla cuando las tormentas de la vida lleguen y quieran sacudirnos. Si no vivimos una vida que práctica estas cosas, las olas sin dudas nos moverán y harán que dudemos de Dios fácilmente, olvidaremos nuestra posición en Cristo y dejaremos que las dudas nos muevan al punto de sentir que Dios nos ha abandonado, oh incluso peor, hará que nosotros nos alejemos de Él porque no lo sentimos cerca.


Dios sigue en Su trono, es este mismo trono al cual Cristo nos acerco para que entremos confiadamente, allí encontraremos la gracia abundante de Dios para atravesar cualquier duda y desafío (Heb. 4:16). 

Es verdad que debemos acercarnos a Dios y recordar que El sigue reinando en Su trono. Pero algunas veces Dios puede sentirse lejos, no porque lo este, sino porque nuestras acciones quizás lo han alejado. Quiero ser más específico, al decir “acciones” me refiero a pecados.

¿Puede ser que exista algún pecado no confesado que este estorbando tu comunión con Dios?

Esto es lo que encontramos en Salmo 51. Creo que todos estamos bastante familiarizados con el pecado de David y Betsabé.


El rey un día al salir al balcón vio a una mujer bañándose, deseando estar con ella la llamo y tuvieron relaciones. Por si esto no fuera suficiente, David llamó al esposo de Betsabé, Urías (quien estaba peleando por el pueblo en batalla) para que se acostara con su mujer y así borrar el pecado que había cometido con ella. El reusó hacer tal cosa, no podía disfrutar de la compañía de su mujer cuando sus compañeros arriesgaban su vida para defender el pueblo.

David se enteró de esto y decidió mandarlo a las primeras filas de la batalla. Como resultado Urías pierde su vida y David toma a Betsabé por mujer.

David había pecado. No hay otra manera de describir sus acciones. Él cometió adulterio, homicidio y planifico como ocultar su pecado de la mejor manera, pero hubo alguien de quien no lo pudo ocultar.


No tenemos muchos relatos del estado anímico de David después de cometer tal pecado, no es hasta que llegamos al Salmo 51 donde por fin entramos al corazón de David y lo que había estado sintiendo por un largo tiempo.

Dios manda al profeta Natán para confrontar a David, su pecado lo había consumido por completo.  Natán no “ataca” a David de entrada, no señala su pecado de una forma directa, sino que opta por contarle un relato sobre dos hombres (2 Sam. 12).

Uno de estos hombres era rico y tenía muchas ovejas, el otro hombre no, era pobre y tenía una sola oveja, su corderita.

Él la había comprado con su dinero y criado desde pequeña, comía de su mesa, tomaba de su copa y él la amaba como su hija.

Un día el hombre rico recibe a una visita que había viajado a verlo, como manera de recibirlo, decide prepárale algo para comer, sin embargo, no quiso usar de sus propias vacas ni de sus ovejas.

Este hombre, teniendo abundancia de bienes optó por robarle la corderita al hombre que no tenía nada, para así matarla y ofrecérsela a su invitado.

El hombre pobre se había quedado sin su amada corderita por culpa de un hombre codicioso que no le importó nada más que sus propios deseos.

Al escuchar esta historia, la ira de David se encendió en gran manera contra aquel hombre (2 Sam 12:5). Sin embargo, David no se había dado cuenta que ese hombre era él.

Eso es justamente lo que Natán le dice, “Tú eres aquel hombre”.

David era ese hombre rico, que despreció sus riquezas para sacarle a un hombre la mujer que no le pertenecía.

Pero Dios no se había olvidado de él. En los versículos que siguen del capítulo 12 Natán le dice a David que su pecado traería consecuencias, incluyendo la muerte del hijo que tendría con Betsabé.

Pero consecuencias no significaba falta de perdón. Dios lo perdonaría y el salmo 51 es un hermoso relato donde vemos el corazón quebrantado de David por su pecado.

Desde el primer versículo podemos ver esto, ten piedad de mí, oh Dios, conforme a tu misericordia”.

Este era el corazón del rey, uno lleno de culpa por el gran pecado que había cometido. Nuevamente, este salmo nos permite ver el corazón de David, el pecado lo había consumido por completo y decide confesarle a Dios su maldad (2 Sam. 12:4). Como resultado, Dios lo perdona y los restaura.

David había cargado con su pecado por mucho tiempo, al punto de sentir que sus huesos se habían quebrantado (Sal. 51:8). Su gozo había desaparecido, pero ahora le pide a Dios que se lo restauré (Sal. 51:12). También le pide que lo limpie como la nieve y que lo sostenga con Su espíritu de poder (Sal. 51:7,12). Dios le responde y David es restaurado.

Este es el ejemplo a seguir. El pecado de David fue grande, pero el amor de Dios fue aún mayor. En Su misericordia el perdonó a un hombre que pecó en gran manera, y hoy en día Dios sigue haciendo lo mismo.

Quizás hay algún pecado que has cometido que te ha alejado de Dios. Quizás has dejado que te consuma al punto de sentir que tus huesos están quebrantados, igual que David.

Oh quizás sientas que estas demasiado lejos para volver. Si te sientes así quiero motivarte a que te acerques a Dios en humildad para ponerte a cuentas con Él.

Lo más probable es que Su Espíritu es quien te ha puesto la convicción del pecado que has cometido y si es así, ¿porque no acercarte al Señor?

Al fin de cuentas lo que Él busca es restaurar la comunión contigo. Las escrituras están llenas de hombres que pecaron contra Dios, sin embargo, ninguno de estos pecados fue lo suficientemente grande para Dios.

Ven a Él, es tiempo de ponerte a cuentas y ser restaurado.

Uno de mis títulos favoritos de Cristo es “El buen Pastor” (Juan 10:11).

Quizás para la mayoría la definición de que es un pastor es simple, se trata de alguien que cuida a un rebaño de ovejas (entre muchas otras responsabilidades).

Este pastor está a cargo del bienestar de sus ovejas, esto quiere decir que tiene la responsabilidad de cuidar y proteger la vida de cada una de ellas, debe asegurarse que estén alimentadas, protegidas de enemigos y que tengan un lugar donde descansar.

No cuida de ovejas del campo, sino de ovejas dadas a Él por Dios mismo. En Juan 10 Cristo se identifica como el Pastor de todo aquel que lo sigue, “Yo soy el buen pastor, y conozco Mis ovejas y ellas me conocen” (Juan 10:14).

Esta relación es recíproca, cada creyente conoce a Cristo y Cristo conoce a cada creyente. ¡Que verdad más hermosa!

El mismo Verbo presente en la creación del mundo que conoce por nombre a cada estrella también conoce por nombre a cada uno de sus hijos. No existe duda en la mente de Cristo sobre quien es verdaderamente una de sus ovejas. De la misma manera, el creyente no tiene duda quien es su Pastor, porque lo conoce perfectamente. Toda persona que pertenece al redil de Jesús lo conoce de una manera personal y salvífica.

Muchas veces nos olvidamos de las implicaciones personales del pastoreó de Jesús. Es verdad que Cristo es el Pastor que guía a todo su redil, pero también cuida de sus ovejas de una manera personal.

Igual que un pastor cuando una de sus ovejas se lastima y requiere de su atención especial, así también Jesús brinda un cuidado especial cuando una de sus ovejas lo necesita. Si un pastor humano sabe cuidar de sus ovejas, ¿Cuánto más el Pastor-Dios sabrá cuidar de las suyas?

No es casualidad que Cristo se da este título, era imposible para la gente de esa época pensar que un pastor estuviera distante de sus ovejas, este necesitaba estar con ellas porque no había otra forma de cuidarlas y velar por su bien.

De igual manera, Jesús es un Dios personal que desea estar cerca de sus ovejas (Juan 6:37, 14:23).

Su cercanía es la que protege, guía y cuida a cada uno de sus seguidores. Él sabe cómo cuidar de cada una de Sus ovejas. 

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