Un agradecimiento especial a mi gran amigo Henry De Moya, autor del presente tema.
Porque la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres que detienen con injusticia la verdad; porque lo que de Dios se conoce les es manifiesto, pues Dios se lo manifestó. Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen excusa. Pues habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido. y cambiaron la gloria del Dios incorruptible en semejanza de imagen de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos y de reptiles. Por lo cual también Dios los entregó a la inmundicia, en las concupiscencias de sus corazones, de modo que deshonraron entre sí sus propios cuerpos, Por esto Dios los entregó a pasiones vergonzosas; pues aun sus mujeres cambiaron el uso natural por el que es contra naturaleza, y de igual modo también los hombres, dejando el uso natural de la mujer, se encendieron en su lascivia unos con otros, cometiendo hechos vergonzosos hombres con hombres, y recibiendo en sí mismos la retribución debida a su extravío. Y como ellos no aprobaron tener en cuenta a Dios, Dios los entregó a una mente reprobada, para hacer cosas que no convienen; estando atestados de toda injusticia, fornicación, perversidad, avaricia, maldad; llenos de envidia, homicidios, contiendas, engaños y malignidades; murmuradores, detractores, aborrecedores de Dios, injuriosos, soberbios, altivos, inventores de males, desobedientes a los padres, necios, desleales, sin afecto natural, implacables, sin misericordia; quienes habiendo entendido el juicio de Dios, que los que practican tales cosas son dignos de muerte, no solo las hacen, sino que también se complacen con los que las practican.
Romanos 1:18–21, 23–24, 26–32
Mi testimonio
Mi nombre es Henry De Moya, y al hablar de la idolatría, me resulta muy familiar, ya que provengo de la parte más influenciada por el satanismo en mi país, Cuba. Antes de venir al Señor Jesucristo en arrepentimiento y fe, busqué siempre, borrar el nombre de Dios en el corazón de muchas personas que querían buscar de Él. También, di rienda suelta a prácticas espirituales del reino de las tinieblas.
Personalmente, hice pacto con el enemigo (Diablo), para que cuidara de mí, y me protegiera del mal en todos los sentidos, tanto del mal que los humanos hacen, como así también, del mal espiritual.
Adoré imágenes por un tiempo y también las construía, para que otras personas también las adoraran.
Creí, que esas imágenes eran dioses, que podían responder cuando se les invocaba, se les hacían peticiones, o se pactaba con ellas; con el fin de recibir respuestas favorables de acuerdo a sus deseos.
De echo, Satanás usaba estos ídolos o imágenes, como un puente de engaño para esclavizar a las personas y hacerles creer que esos ídolos tenían poder para responder sus súplicas.
Origen de la idolatría
Idolatría
Adoración que se da a los ídolos.
Ídolo
Imagen construida por la mano del hombre, que puede ser echa de madera, barro, mármol, cristal, pintura, fotos de familiares, etc.
Al escudriñar la escritura nos damos cuenta del primer indicio de la idolatría (egolatría), por ejemplo cuando el profeta Ezequiel se refiere al príncipe de Tiro (Ezequiel 28:12–15).
También cuando el profeta Isaias habla sobre el rey de Babilonia (Isaías 14:12–14).
En dichas menciones, tanto sobre el príncipe de Tiro, como también sobre el rey de Babilonia, estas están referidas a la maldad en sus corazones, de manera tal, que se les compara con lo que albergó en su interior Lucero, (Diablo antes de pecar), y que esencialmente fue lo mismo con que, como la Serpiente en el Edén (después de pecar), sedujo e incitó, tanto a Adán, como a así también a Eva, a que repitieran el mismo pecado que él cometió. El resultado produce la caída, de la primera pareja que el Señor había puesto en el Jardín del Edén.
¿Qué es el ego?
Ego
Proviene del latín, y significa yo.
En psicología y filosofía, ego se ha adoptado para designar la conciencia del individuo, entendida ésta, como su capacidad para percibir la realidad.
Por otro lado, en el vocabulario coloquial ego, puede designar el exceso de valoración que alguien tiene de sí mismo. Como tal, es sinónimo de falta de modestia, arrogancia, presunción o soberbia.
La egolatría
Consiste en el culto o adoración de sí mismo, es decir, consiste en la admiración excesiva de alguien hacia su propia persona. El término proviene del griego ego, que quiere decir yo y latreis, y su significado es adoración.
Hago referencia sobre ego, ya que, es la base e inicio de la idolatría.
En secuencia vemos que, primeramente Satanás se rebela ante su Creador y desea ser igual a Dios, y posteriormente, lleva al ser humano en el Jardín, a hacer lo mimo.
El pecado de la idolatría, como vimos, tuvo su origen para el ser humano en el Edén, cuando la Serpiente le dice a Eva que al comer del fruto prohibido “..seréis como Dios…” (Génesis 3:5).
Desde entonces, ha sido el deseo del hombre, “ser su propio Dios”. De esta manera se ha ido traspasando el pecado de la idolatría, de generación a generación, a toda la raza humana.
Es por ello que en nuestros días vemos que esa antigua idea de ser nuestro propio dios está muy presente, pero sutilmente pasa desapercibida en las personas, y ello muchas veces afecta y socava tanto la vida, del no creyente, como la del creyente e incluso tristemente a la iglesia del Señor.
La base del pecado de idolatría es que, el hombre busca la auto satisfacción, ya sea en el ámbito material o espiritual, sin buscar la plena satisfacción en la persona de Dios, y que además es el único ser que puede satisfacer plenamente al hombre, pues Él es su Creador, y conoce a la perfección esa necesidad de satisfacción, porque Él la puso en su interior.
¿Qué dice la Escritura sobre la idolatría?
Cuando Dios le entregó a Moises los diez Mandamientos, de manera clara y enfática le dice al pueblo de Israel que, Él es quien los había sacado con mano poderosa de la tierra de Egipto (de la esclavitud) y que Él es el único Dios verdadero y digno de ser adorado y les advierte del castigo que vendría como consecuencia de desobedecer tal mandato.
Les dice y ordena:
No tendrás dioses ajenos delante de mí. No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra. No te inclinarás a ellas, ni las honrarás; porque yo soy Jehová tu Dios, fuerte, celoso, que visito la maldad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me aborrecen,
Éxodo 20:3–5
A lo largo de las Escrituras, vemos al mimo Dios diciendo que, aborrece la idolatría y que hay castigo eterno.
Yo Jehová; este es mi nombre; y a otro no daré mi gloria, ni mi alabanza a esculturas.
Isaías 42:8
¿Què nos revela la Escritura sobre los ídolos?
Los ídolos de ellos son plata y oro, Obra de manos de hombres. Tienen boca, mas no hablan; Tienen ojos, mas no ven; Orejas tienen, mas no oyen; Tienen narices, mas no huelen; Manos tienen, mas no palpan; Tienen pies, mas no andan; No hablan con su garganta. Semejantes a ellos son los que los hacen, Y cualquiera que confía en ellos.
Salmos 115:4–8
¿Cuáles son algunas formas de idolatría?
Las diversas formas de idolatría tienen un común denominador en su núcleo: y es el yo.
Mucha gente ya no solo se arrodilla ante ídolos e imágenes, sino que también lo hace ante el altar del dios del yo. Esta marca de idolatría toma diversas formas:
En primer lugar, adoramos en el altar del materialismo, que alimenta nuestra necesidad de aumentar nuestro ego a través de la adquisición de mas “cosas”. El materialismo es la trampa de Satanás para mantener nuestro enfoque en nosotros mismos y no en Dios.
Pedís, y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites.
Santiago 4:3
En segundo lugar, adoramos ante el altar de nuestro propio orgullo y ego. Esto a menudo toma la forma de una obsesión por las profesiones y empleos. Millones de hombres, y cada vez más mujeres, pasan entre 60 y 80 horas de la semana en el trabajo. Como resultado, los hijos carecen de atención y amor.
Nos engañamos pensando que lo hacemos por ellos, para darles una vida mejor. Pero la verdad es que lo estamos haciendo por nosotros mismos, para aumentar nuestra autoestima, y lucir más exitosos a los ojos del mundo. Esto es una locura. Nuestros trabajos y logros no nos serán de ninguna utilidad después de la muerte. Tampoco la admiración y el respeto del mundo, porque estas cosas no tienen ningún valor eterno.
Como el rey Salomón dijo:
Pues hay quienes ponen a trabajar su sabiduría y sus conocimientos y experiencia, para luego entregarle todos sus bienes a quien jamás movió un dedo. ¡Y también esto es absurdo, y un mal enorme! Pues, ¿qué gana el hombre con todos sus esfuerzos y con tanto preocuparse y afanarse bajo el sol? Todos sus días están plagados de sufrimientos y tareas frustrantes, y ni siquiera de noche descansa su mente. ¡Y también esto es absurdo!
Eclesiastés 2:21–23
En tercer lugar, idolatramos el humanismo, y por extensión a nosotros mismos. Lo hacemos mediante el naturalismo y el poder de la ciencia.
Esto nos da la ilusión de que somos los señores de nuestro mundo, y aumenta nuestra autoestima a proporciones divinas. Rechazamos la Palabra de Dios y Su descripción de cómo Él creó los cielos y la tierra, a veces aceptamos las tonterías de la evolución y el naturalismo. Abrazamos a la diosa del ambientalismo y nos engañamos pensando que podemos preservar la tierra.
Pero el día del Señor vendrá como un ladrón. En aquel día los cielos desaparecerán con un estruendo espantoso, los elementos serán destruidos por el fuego, y la tierra, con todo lo que hay en ella, será quemada. Ya que todo será destruido de esa manera, ¿no deberían vivir ustedes como Dios manda, siguiendo una conducta intachable y esperando ansiosamente la venida del día de Dios? Ese día los cielos serán destruidos por el fuego, y los elementos se derretirán con el calor de las llamas. Pero, según su promesa, esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva, en los que habite la justicia.
2 Pedro 3:10–13
Como dice claramente este pasaje, nuestro enfoque no debe ser en adorar el medio ambiente sino en vivir vidas santas mientras esperamos ansiosamente el regreso de nuestro Señor y Salvador. Sólo Él merece ser adorado.
Consecuencia que vienen sobre el hombre, como resultado de: idolatrar o fabricar ídolos:
Sirvieron a sus ídolos, Los cuales fueron causa de su ruina.
Salmos 106:36
Sequedad sobre sus aguas, y se secarán; porque es tierra de ídolos, y se entontecen con imágenes.
Jeremías 50:38
Y cambiaron la gloria del Dios incorruptible en semejanza de imagen de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos y de reptiles. Por lo cual también Dios los entregó a la inmundicia, en las concupiscencias de sus corazones, de modo que deshonraron entre sí sus propios cuerpos.
Romanos 1:23–24
Pero los cobardes e incrédulos, los abominables y homicidas, los fornicarios y hechiceros, los idólatras y todos los mentirosos tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda.
Apocalipsis 21:8
Toda idolatría de uno mismo tiene en su centro los tres deseos encontrados en 1 Juan 2:16:
Porque todo lo que hay en el mundo, la pasión de la carne, la pasión de los ojos y la arrogancia de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo.
Si queremos escapar de la idolatría moderna, tenemos que admitir que es desenfrenada y debemos rechazarla en todas sus formas.
No es de Dios sino de Satanás.
La mentira de que el amor hacia uno mismo traerá satisfacción, es el mismo que Satanás ha estado diciendo desde que mintió a Adán y a Eva por primera vez.
Tristemente, todavía seguimos cayendo en la trampa. Incluso aún más triste, muchas iglesias lo están propagando en la predicación del Evangelio de la salud, riqueza y prosperidad, basado en el ídolo de la autoestima.
Sin embargo, nunca encontraremos felicidad centrados en nosotros mismos. Nuestros corazones y mentes deben estar centrados en Dios primeramente y luego en los demás.
Por esta razón, cuando se le preguntó al Señor Jesús ¿cuál es el mayor mandamiento?, El respondió:
Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con todo tu ser y con toda tu mente.
Mateo 22:37
Cuando amamos al Señor primeramente y como merece, luego al prójimo con todo lo que está en nosotros, no habrá cabida en nuestros corazones para la idolatría.
